toc tac toc tac...
Ginza es brillante. En realidad toda la ciudad por la noche es brillante, pero Ginza se destaca. Todavía no puedo darme cuenta si es el reflejo de los neones y los carteles sobre los taxis y autos pulidos e inmaculados, o si es el contraste con el negro intenso de los recientes pavimentos.
Apoyado contra una columna en una esquina, escuchaba que los autos no se sentían pero el sonido que ocupaba todo era un concierto de tacones.
En ningún lugar del mundo he visto tantas mujeres tan bien vestidas, caminando por la calle, como en Ginza.
¡mondongo!
"No english menu" dijo el de la caja, pero de todas maneras le dijimos que sí. Nos hicieron subir un piso y nos pusieron en una mesita chiquita.
La moza tampoco hablaba nada de inglés y el menú lo estuvimos mirando rotado 90 grados por mucho rato sin darnos cuenta, así que la moza trajo un papelito con un chancho y una vaca de colores, llenos de numeritos adentro, uno para cada entraña.
Ella señalaba un item del menu y luego nos mostraba qué parte del bicho era, y luego continuaba la explicación detallando, supongo, los detalles importantísimos que comprendía su preparación.
Luego de un rato le dijimos algo como "you choose for us" y puso cara de contenta. Empezó a indicarnos en el menu qué nos estaba seleccionando y luego completamos el pedido con una birú y una coca.
La picada de repollo con salsita, y los porotos de soja eran entendibles, pero luego se puso más complicado.
Sobre una hornalla que había sobre la mesa nos pusieron una caserola con tofu, repollo, hojas que parecían de puerros chiquios y debajo de todo eso... mondongo.
La preparación hirvió, y el mozo, con un colador finito, saco la grasa o nata que quedaba flotando. Luego nos sirvió y saludó, con las manitos juntas, agachando la cabeza.
No podíamos creer que estábamos comiendo mondongo en nuestra primera cena, del otro lado del mundo.